miércoles, 16 de noviembre de 2011

De cuando Biruvito visitó la cuenca del Amazonas y lo que allí aconteció (3): La Marquesa de Suchipakari

Cuando Biruvito rescató a la doncella del ataque de los monos ladrones no se le pasó por la cabeza que estuviera tratando con una persona de alto linaje. Si bien durante el viaje al Lodge pudo apreciar que su cultura y sus maneras parecían más elevadas de lo habitual, el joven bilbaíno lo achacó a su formación universitaria y su interés por lo intelectual. La chica decía proceder de una familia de clase media de una localidad costeña conocida por sus cultivos de banano, pero a Biruvito se le hacía difícil imaginársela peleando con los lugareños por un sitio en el autobús o un taxi al mall.


Como veremos más adelante, a lo largo de sus jornadas en el amazonas fue percibiendo actitudes en ella fuera de lo normal o ¿cómo llamaríais vosotros a caminar por la selva más preocupados por no tropezar o mantener la compostura que por no pisar una serpiente? Para estos menesteres se hacía acompañar siempre de su fiel ayudante Wilson, un menudo kichua al que sus colegas apodaban “Peluchín”, que servía a la marquesa de guía, porteador y ocasional cocinero. Fue él, el que en un momento de ebriedad nocturna confesó al turista bilbaíno que la doncella era efectivamente aristócrata, nada más y nada menos que Marquesa de Suchipakari.

En las días que pasaron juntos selva adentro, era habitual que la noble mujer y su fiel escudero se adentraran en lo salvaje dejando desvalido a Biruvito, que no se quejaba porque era consciente de que no merecía la misma atención debido a su sangre plebeya. Así aprendió a valerse mejor por sí mismo sin esperar a que nadie le ayudara a la hora de vadear un río, trepar un tronco caído o montar en una balsa inestable. Es más, gracias a todo esto poco a poco se fue dando cuenta de que él en realidad había nacido para el Amazonas y que su capacidad de supervivencia allí era innata. Como cuando finalmente se encontraron con una serpiente x, la más mortal de los alrededores, y consiguió, mediante su estrategia de la estatua paralizada, hacerla huir, alejando el peligro.


Por eso cada noche, después de las expediciones, tras desquitarse con la pareja arrasándoles al billar o a la jenga, Biruvito se quedaba mirando al cielo y le agradecía a la Marquesa y a Wilson la oportunidad de estar en medio de ninguna parte y haber llegado hasta allí solo, sin ningún tipo de ayuda.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

me cae super la marquesa .....

estretxi dijo...

Suchipakari??????