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viernes, 18 de noviembre de 2011

De cuando Biruvito visitó la cuenca del Amazonas y lo que allí aconteció (4): La residencia Suchipakari

Como pronto supo Biruvito, la marquesa de Suchipakari compartía su enseña con el Lodge del mismo nombre. Según su versión, “Suchipakari” significa “Regalo de los dioses” en lengua quechua, lo que le hizo preguntarse a Biruvito por qué los dioses no se habían enrollado un poco más y habían regalado también un ascensor para salvar los 100 escalones de entrada. Aun así, subió las gradas cargando el equipaje de la marquesa cuyas fuerzas, haciendo honor a su noble condición , empezaban a flaquear.


Al llegar a la cima, comprobó que el esfuerzo de las 16 horas de viaje había merecido la pena, el Lodge Suchipakari era un acogedor rincón en medio de la nada, con una caseta central, que hacía las veces de comedor, y varias individuales esparcidas convenientemente diseminadas para que los ruidos amorosos de los novios no molestaran a los vecinos. Era el lugar perfecto para que dos amantes lejanos dieran rienda suelta a sus instintos lejos de la civilización, sobre todo, porque en cuanto se venía la oscuridad de la noche, la oferta de ocio se limitaba a un par de mesas de billar y ping pong o al pasatiempo más antiguo del mundo entre un hombre y una mujer cargados de feromonas.


Para completar la imagen de reducto aislado, los dioses se habían preocupado de dejar el Lodge sin cobertura en todo el recinto, salvo un pequeño punto en el que las rayitas subían y bajaban aleatoriamente, como si le hubieran encargado su intensidad a una ninfa caprichosa que la repartiera con desigual gana.

Tanto aislamiento de la civilización empezó a hacer huella en un urbanita como Biruvito y en su mente empezaron a dar vueltas ideas de secuestros, ataques de animales y accidentes varios. Él, que en sus 35 años de vida nunca había estado a más de 20 minutos de un hospital, se encontraba ahora mismo a más de una hora de la carretera asfaltada más próxima, por no mencionar al matasanos más cercano, que imaginaba a unas dos horas y rodeado de un oxidado instrumental.


Sin embargo, pensándolo bien, también estaban muy lejos otras muchas cosas, los atascos del Max Center,el trimestre del IVA, la tertulia política de la Noria,  las pintadas de los borrokas, Kiko Hernández y un largo etcétera de ítems que hicieron que poco a poco, en el interior de Biruvito, la inquietud diera paso a una gran serenidad, y finalmente, a una gran paz interior, una sensación  jamás experimentada hasta entonces.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

De cuando Biruvito visitó la cuenca del Amazonas y lo que allí aconteció (3): La Marquesa de Suchipakari

Cuando Biruvito rescató a la doncella del ataque de los monos ladrones no se le pasó por la cabeza que estuviera tratando con una persona de alto linaje. Si bien durante el viaje al Lodge pudo apreciar que su cultura y sus maneras parecían más elevadas de lo habitual, el joven bilbaíno lo achacó a su formación universitaria y su interés por lo intelectual. La chica decía proceder de una familia de clase media de una localidad costeña conocida por sus cultivos de banano, pero a Biruvito se le hacía difícil imaginársela peleando con los lugareños por un sitio en el autobús o un taxi al mall.


Como veremos más adelante, a lo largo de sus jornadas en el amazonas fue percibiendo actitudes en ella fuera de lo normal o ¿cómo llamaríais vosotros a caminar por la selva más preocupados por no tropezar o mantener la compostura que por no pisar una serpiente? Para estos menesteres se hacía acompañar siempre de su fiel ayudante Wilson, un menudo kichua al que sus colegas apodaban “Peluchín”, que servía a la marquesa de guía, porteador y ocasional cocinero. Fue él, el que en un momento de ebriedad nocturna confesó al turista bilbaíno que la doncella era efectivamente aristócrata, nada más y nada menos que Marquesa de Suchipakari.

En las días que pasaron juntos selva adentro, era habitual que la noble mujer y su fiel escudero se adentraran en lo salvaje dejando desvalido a Biruvito, que no se quejaba porque era consciente de que no merecía la misma atención debido a su sangre plebeya. Así aprendió a valerse mejor por sí mismo sin esperar a que nadie le ayudara a la hora de vadear un río, trepar un tronco caído o montar en una balsa inestable. Es más, gracias a todo esto poco a poco se fue dando cuenta de que él en realidad había nacido para el Amazonas y que su capacidad de supervivencia allí era innata. Como cuando finalmente se encontraron con una serpiente x, la más mortal de los alrededores, y consiguió, mediante su estrategia de la estatua paralizada, hacerla huir, alejando el peligro.


Por eso cada noche, después de las expediciones, tras desquitarse con la pareja arrasándoles al billar o a la jenga, Biruvito se quedaba mirando al cielo y le agradecía a la Marquesa y a Wilson la oportunidad de estar en medio de ninguna parte y haber llegado hasta allí solo, sin ningún tipo de ayuda.

lunes, 14 de noviembre de 2011

De cuando Biruvito visitó la cuenca del Amazonas y lo que allí aconteció (2): Biruvito contra los monos salvajes de Misahuallí

Quizá a las gentes de la selva profunda, Tena les parezca el colmo de la civilización, pero a Biruvito la primera impresión que le causó fue que, más que una ciudad, era apenas un enclave con calles asfaltadas a medias. Por eso, tras un frugal desayuno decidió tomar un bus que le llevara hasta Puerto Misahuallí y de allí coger un furgoneta hasta el Lodge. Tras media hora de duermevela pasando por puentes atirantados de dudoso mantenimiento, llegó finalmente a su destino, el último coletazo de urbanismo antes de la selva.

El problema es que en 5 minutos ya se había recorrido sus 3 calles y conocía a la perfección las cafeterías, el cybercafé y el puerto, que se encontraban todos ellos cerrados a las 8 de la mañana. El tipo que alquilaba su anaconda por 1 $ a los turistas para que se hicieran fotos con ella tampoco parecía haber madrugado tanto y, a bien seguro, todavía ni había drogado al reptil para que fuera más dócil y se dejara manosear por los forasteros sin que éstos terminaran en su ofidia barriga como merecían.



Así que se sentó en un banco del parque, esperando ese incierto punto en el tiempo en el que los ecuatorianos deciden que ya es hora de aparecer y que, como mínimo, tiene lugar 15 minutos después de lo apalabrado. En ese momento, surgieron ante sus ojos unos inquietantes seres antropomórficos saltando y dando botes. Eran los famosos monos ladrones de Misahuallí, conocidos en el mundo entero por sus andazas de rateros. Según cuentan los locales, son expertos en la sustracción de objetos de los turistas, que luego se encargar de intercambiar con los tenderos del lugar a cambio de comida.

Aunque por lo que vio Biruvito, más que monos ladrones, eran unos auténticos monos cabrones. En el intervalo que estuvo allí, comprobó cómo se dedicaban a chincharse unos a otros trepándose, golpeándose, agarrándose del pelo, hasta que se cansaron y empezaron a putear a un perro que pasaba por ahí, tirándole del rabo mientras otro mono le distraía.



Pero la gota que colmó la paciencia de nuestro protagonista fue el siguiente incidente: una inocente muchacha, cuya presencia no había pasado inadvertida para Biruvito, jugaba alegremente con los primates sin saber lo que le esperaba. Uno de ellos se subió encima de la chica, lo que ella celebró pensando en algún tipo de hermanamiento homínido, sin sospechar que, en un lance traicionero, el mono iba lanzar un certero mordisco sobre su mano derecha para hacerse con su botellín de agua. Aquí fue cuando Biruvito intervino heroicamente como solo un valiente podría hacer: echándole un grito al mono, que salió huyendo liberando a la doncella de sus garras, para después abrir el botellín y desparramar su contenido encima. Así actúa un verdadero caballero defendiendo a una dama, pero ¿quién era esta delicada mujer? ¿qué le había llevado hasta allí? Pronto lo sabremos amiguitos…

sábado, 12 de noviembre de 2011

De cuando Biruvito visitó la cuenca del Amazonas y lo que allí aconteció (1): El viaje iniciático

Desde que, siendo un churumbel de apenas 10 años, Biruvito vio en el salón de actos de las colonias de Briñas  la película “La selva esmeralda”, no pudo dejar de soñar con visitar algún día las profundidades del Amazonas. Hoy, 25 años después, con el autor de este blog desaparecido y su obra abandonada a la deriva en el ciberespacio, nos sentimos con el deber moral de recoger su último testimonio vital: su visita a la cuenca del Amazonas.

Como buen discípulo de la escuela teutona, Biruvito decidió elegir su viaje mediante el método científico, así que tomó una tabla excel y fue apuntando pros y contras, equis y casillas en rojo hasta que se decidió por iniciar sus andaduras salvajes por el río Napo en las proximidades de Puerto Misahuallí en la provincia ecuatoriana del Tena.Había otras opciones desde el Río Negro o Manaos en Brasil, hasta Cuyabeno en el mismo Ecuador, pero nuestro protagonista fue cauto y decidió dejar el Amazonas profundo para otra oportunidad y optar por una opción más asequible para perder su virginidad selvática. Sin embargo, no sabía a lo que se enfrentaba para comenzar sus andanzas: un periplo lleno de peligros para llegar desde la civilización en Guayaquil hasta su destino selvático.


Como medio de transporte decidió tomar los autobuses de largo recorrido de la prestigiosa "Flota Pelileo", que por 10 dólares (unos 7 €) recorre los 250 kms que separan ambas ciudades en apenas 10 horas. Nada más acomodarse en su asiento, los pasajeros tuvieron la visita de cordiales vendedores ambulantes de todo tipo y de un lacrimoso caballero que narraba cómo acababa de ser asaltado en un viaje en autobús de la misma compañía por unos bandoleros que le habían dejado sin nada, por lo que requería de la compasión de los viajeros para que le dieran limosna y comprar el billete que le permitiera regresar a su hogar. Un relato muy tranquilizador cuando sabes que vas a pasar medio día recorriendo carreteras alejadas de la civilización y las fuerzas del orden.

Pero eso solo fue el comienzo, una vez que comenzó a rodar el vehículo, Biruvito tuvo la ocasión de apreciar seguir vivo en cada acelerón, frenazo, adelantamiento por carril inventado o curva al borde de precipicio andino. Esas 10 horas sirvieron a nuestro protagonista para valorar su existencia más que nada que se hubiera vivido en la acomodada civilización. Hasta que llegó la noche cerrada y ya no pudo ver nada más que los viajeros que subían y bajaban cada 10 minutos, como si aquel autobús de largo recorrido hiciera las veces de un número 56 “la peña – sagrado corazón” en el que los viajeros menos afortunados viajaban de pie en el pasillo por un dólar hasta que llegaba la parada próxima. Algunos de estos viajeros, presas del sueño en la oscuridad de la noche, peleaban por su lugar en la lucha de clases y reclamaban su sitio a los más aburguesados viajeros sentados, apoyándose en su asiento o directamente recostándose sobre ellos
.

Tras este reconfortante andanza de 10 horas, aderezada con paradas cada 10 minutos en las que subían y bajaban más compañeros de viaje, Biruvito llegó a su destino: la ciudad de Tena. Aunque llamar ciudad a este enclave sería un insulto, porque le quitaríamos todo el encanto salvaje, pero bueno, esa es otra historia que tal vez sea contado en otro post. De momento dejamos a Biruvito en la estación de autobuses preparándose para alejarse de los últimos restos de civilización que le atrapan.

Quizás, en vuestros cómodos hogares aburguesados, estéis pensando que tal vez no haya sido el más agradable de los viajes. Ay amigos, cuán equivocados andáis, el bueno de Biruvito puede considerarse afortunado de haber disfrutado de un trayecto tranquilo, porque apenas un mes antes, en un vehículo de la misma compañía, se había producido, un asalto a un autobús que terminó con un tiroteo de una hora por las carreteras ecuatorianas. Eso sí que tiene que servir como lección de vida.

martes, 6 de septiembre de 2011

El jet lag

Para las personas como yo que tienen ritmos de sueños descoordinados, el jet lag es la puntilla que acaba de rematar el caos. Es definida por la wikipedia como una “descompensación horaria, disritmia circadiana o síndrome de los husos horarios, es un desequilibrio producido entre el reloj interno de una persona (que marca los períodos de sueño y vigilia) y el nuevo horario que se establece al viajar en avión a largas distancias, a través de varias regiones horarias”. Y cualquiera que cruce el océano notará sus efectos a las pocas horas de aterrizar en el destino aunque en diferentes medidas.


Si se viaja hacia el Oeste, como cuando voy a América, el jet lag transforma mi ritmo habitual trasnochador de acostarse a las 4 mañana y levantarse las 2 de la tarde en uno hogareño y formal de meterse en la camita a las 9 de la noche y empezar el día a unas madrugadoras 7 de la mañana. Si viajo hacia el Este, como cuando voy a Asia, las sábanas se pegan aún más de lo normal y a las 4 de la tarde todo tiene un aire onírico que roza lo surrealista.

Consejos para evitar tal situación hay muchos (aunque dudo que ninguno de ellos funcione de verdad) desde los más tradicionales como dormir bien antes de empezar el viaje, evitar las bebidas alcohólicas y la cafeína o beber mucho agua hasta los más innovadores como no comer nada durante 16 horas. Aunque a mí el que más me ha gustado ha sido éste que dice que investigando con ratones han concluido que la mejor ayuda para evitar el jet lag es tomarViagra. Igual no funciona para la descompensación horaria, pero seguro que pensando un poco le puedes sacar otras utilidades.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Problemas en cabina

Me encanta viajar, eso ya lo sabéis todos, pero hay una parte que odio aunque se me olvida cada vez que llego a casa: volar en avión. Sé que es un tópico y que el transporte aéreo es uno de los más seguros del mundo, pero cada despegue es para mí una pequeña tortura desde que me enteré de que el 33% de los accidentes se producen en tan fatídico momento. Cuando el aparato empieza a subir y a dar botes me entran sudores fríos. Me tengo que agarrar al reposabrazos para seguir manteniendo la compostura y dejar de pensar en el accidente de Spainair. Menos mal que una vez arriba ya me calmo y se me pasa todo, los 10.000 pies son un espacio de tranquilidad lejos de las nubes y sus turbulencias.

O al menos eso creía yo hasta este sábado. 90 minutos después despegar de Madrid, ya sólo pensábamos en las 9 horitas que nos restaban todavía de vuelo cuando de repente el avión giró 180 grados y el comandante apareció en la megafonía: “Buenos días, ya se habrán dado cuenta de que hemos dado la vuelta. Tenemos que un problema en la cabina que sólo se pude resolver en tierra, así que regresamos a Barajas. Como verán ese chorro que sale por las alas es que estamos vaciando el combustible porque tenemos que aterrizar con los depósitos vacíos.”


Según un azafato esto pasa 4 o 5 veces al año. ¿Por qué me tuvo que tocar a mí?!!!! ¿Yeso de aterrizar con los depósitos vacíos? ¿Es que corríamos peligro de explotar contra el suelo?

Menos mal que la gente fingió que no pasaba nada y hora y media después aterrizamos en Barajas sin problemas (después de haber rociado de queroseno durante 40 minutos los campos de la comunidad de Madrid) Cambiaron el ordenador de presurización que se supone era la causa del problema, llenaron los tanques otra vez y a volar otra vez. 14 horas después de haber embarcado llegamos al punto de destino deseando dejar ese maldito airbus de una vez y hartos de los cutres de iberia y sus aviones viejunos sin pantallita individual.

Al menos gané un post y una imagen que no habrá visto mucha gente, un ala de avión escupiendo fuel como si fuera el pedo tóxico de un robot.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Una ruta por Donosti hecha por un bilbaíno

A pesar de ser un bilbaíno de pro, he pasado mucho tiempo en Donosti. He vivido allí momentos geniales, otros horribles y la mayoría bastante aburridos pero no le voy a echar la culpa a la pobre ciudad que en el fondo es uno de esos "marcos incomparables". Eso sí, cada minuto que pasaba allí me hacía sentir más de Bilbao.

Os he organizado una ruta por Donosti stándar con mucho paseo por la playa que es lo que gusta al personal, sobre todo si viene del interior. Yo comenzaría por los Peines del Viento, que es uno de esos lugares mágicos en los que naturaleza, arte y arquitectura se entrelazan para que los contemplemos. Yo podría pasar horas en ese lugar tan sólo mirando.

Cuando seamos capaces de huir de ese lugar magnético iremos paseando por el borde de la playa de Ondarreta disfrutando de la vista de la Isla de Santa Clara o de las villas frente al paseo. En la frontera entre Ondarreta y la Concha está el Palacio de Miramar, se puede dar un paseo por los jardines pero creo que el Palacio en sí está cerrado. Continuamos por Miraconcha y nos metemos en la ciudad para ver la Catedral del Buen Pastor, un pastiche historicista neogótico sin más interés que un decorado de cartón piedra. Volvemos al paseo vemos los Jardines de Alderdi Eder y el Ayuntamiento y contiuamos hacia el puerto.

Allí encontramos el Club Naútico, una joya vanguardista en medio de una ciudad tan aburguesa merece su atención. Seguimos por el puerto hasta el Acuario y sino queremos gastar un pastizal en ver peces subimos hasta el Paseo Nuevo. Tras pasar la escultura de Oteiza el mar gana la atención totalmente, el Paseo Nuevo está situado casi en mar abierto y por ello sufre el embate de las olas como ningún otro lugar. Al terminar el paseo nos encontramos de morros con otra joya comtemporánea, el tan odiado por las mentes clásicas Auditorio del Kursaal. Es un placer contemplar cómo Moneo jugó con los contrastes haciendo de su conjunto un trozo de mar que se distingue de la ciudad.

Aprovechando que estamos en el inicio del Boulevard podemos echar un vistazo al Maria Cristina y al Victoria Eugenia y después adentrarnos a través de la Brecha en la parte vieja. Visitaremos la Plaza de la Constitución y la Iglesia de Santa María pero lo importante es callejear y sobre todo, degustar esos famosos pintxos que han llevado a Donosti a la fama gastronómica mundial.

viernes, 28 de enero de 2011

Viajar con un arquitecto

Mucha gente me ha dicho que le encantaría viajar con un arquitecto porque tiene que ser el guía perfecto. Se imaginan un paseo lleno de anécdotas curiosas sobre los distintos edificios del camino, explicaciones reveladoras de los estilos artísticos y bonitas casas que antes pasaban desapercibidas y ahora muestran la belleza ante sus ojos. Siento decepcionaros, profanos en el mundo de los arquitectos, pero os vais a llevar un gran chasco. Y lo sé de buena tinta porque he viajado muchas veces con arquitectos.


Si os embarcais en conocer una ciudad con ellos, lo que os espera es colaros en casas ajenas hasta que os echen, edificios horribles que jamás pensaríais que pudieran gustar a nadie y una pateada infernal por barrios chungos llenos de delincuentes.

Tengo una amigo que no soy yo que se echó una novia de Barcelona. Ella emocionada le invitó a que conociera la ciudad a lo que él aceptó gustoso. Nada más llegar, el primer edificio que visitaron fueron este "Dispensario Central Antituberculoso" de José Luís Sert, lo cual la dejó bastante perpleja, pero lo peor vino luego cuando tomaron el metro hasta las afueras para visitar este otro parque y sobre todo cuando se metieron en un autobús lleno de yonkis para llegar a este cementerio del que no había oído hablar en su vida. Y es que amigos, viajar con un arquitecto no es una cosa placentera, es algo que se hace por devoción a la profesión y como tal fanatismo, no entraña placer, sino sufrimiento y esfuerzo.


El guía prototípico que se imagina la gente es alguien que simplemente se ha empollado las guías escritas de lo que va a visitar y se conoce la retahíla de historias y aspectos que le molan al populacho. Un arquitecto sabe del barroco lo poco que se acuerda de lo que estudió con desgana en la asignatura de Historia del arte durante la carrera (eso si no aprobó con chuletas) y en el día a día le preocupa más cumplir con el aislamiento térmico del CTE que el problema de la esquina del dórico. Su interés se vuelca en lo que sale en las revistas (que no suele ser de estética fácil) y como mucho en las guías especializadas de arquitectura, que priman lo contemporáneo sobre lo histórico.

Por eso mi consejo si queréis un guía de verdad, de esos que te enseñan cosas molonas sin peligro de que te rajen visitando unas viviendas sociales del extrarradio, mejor váis con alguien que haya estudiado historia o mejor aún con alguien  que tenga verdadero interés y disfrute de lo que hace, un jubilado.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Oswaldo Guayasamín y "La capilla del hombre"

Oswaldo Guayasamín (1919-1989) es un pintor ecuatoriano y uno de los más famosos artistas sudamericanos del siglo XX. De ascendencia humilde y talento precoz, fue acaparando méritos y premios desde joven hasta que llegó al reconocimiento internacional con exposiciones por todo el mundo.

Su estilo es expresionista, una mezcla de imaginería precolombina y barroca que pone todo el énfasis en la expresión humana, sobre todo en los rostros y las emociones como el sufrimiento o el dolor. Intenta reflejar el alma cansada de la américa latina de los más pobre y derrotados, ya que su obra siempre estuvo marcada por su conciencia política de izquierdas. La lucha de los menos favorecidos por sobrevivir y sus padecimientos son una constante tanto en sus cuadros como en su personalidad.

Si queréis conocer mejor su obra, podéis visitar la sede de su fundación en Quito, La capilla del Hombre, un precioso museo que el mismo se encargo de montar y que (en días no nublados como se ve en esta imagen no como el que me pilló a mí) se supone que replica la imagen del volcán Pichincha, uno de los muchos que rodean su Quito natal. O sino, os puede pasar como a mí que después de dar la vuelta a medio mundo y volver a España me encuentro que nada más bajar en plena terminal de Barajas hay un mural enorme que dedicó a la relación de España y América en 1981.

Más información sobre este interesante artista aquí por ejemplo y en la página web de su fundación.