Hace días que tenía pensado escribir algo sobre el JMJ 2011. Es un hecho de actualidad que no deja indiferente a nadie. Yo misma participé hace años en actividades de grupos católicos, de lo cual, ni me enorgullezco ni me avergüenzo.
Lo que tengo claro es que lo que ha congregado a más de un millón de personas en Madrid no es ni más ni menos que una fiesta de ellos y para ellos, sin más pretensión que afianzar su conciencia colectiva. Hoy día, en una sociedad cada vez más individualista, el sentimiento de pertenencia al grupo resulta reconfortante para cualquiera. Lo mismo que las peñas de fútbol o los fans de los cantantes del pop-rock.
Obvio es que la iglesia está en crisis, sobre todo entre los jóvenes del primer mundo. Con este tipo de llamamientos quieren hacer frente al negro futuro que vaticina la escasez de vocaciones, y de paso promover que quienes aún no ha huído en estampida sigan encontrando motivaciones para no hacerlo.
A mí no me molestan más ni menos que las hordas de forofos futboleros que toman ciertas ciudades en partidos importantes, o las manadas de gente que colapsan pequeñas capitales de provincia cuando toca un grupo musical de fama internacional. No he visto jamás a grupos de gente protestar en estos casos, en que tambíén se dota de más infraestructura, equipamiento y seguridad de lo habitual. Cosa que suele salir también del bolsillo de todos ¿Acaso no se subvenciona de nuestros bolsillos a ciertos clubes de fútbol?
Luego ya, el discurso de Rouco defendiéndose de la ostentación y el gasto de la visita, diciendo que se reúnen un grupo de personas y hacen un bien, o las frases cacareadas de ciertos peregrinos embriagados de la presencia del "vicario de Cristo"... me revuelve más el estómago. Que no se engañen, que si Cristo levantase la cabeza le iba a dar vueltas como a la niña del exorcista.
Cuando hace ya 9 años presencié a grupos de jóvenes jaleando la salida a la ventana de Juan Pablo II en el Vaticano, con pancartas y enloquecidos como si de Michael Jackson se tratase, me dí cuenta de que cometían un pecado condenado en la propia Biblia, la idolatría.
















