Brasilia es sin duda la ciudad más fotogénica en la haya estado jamás, aunque más que una ciudad parezca el sueño de una oveja androide o la paranoia de un racionalista subido de tripi. Pero aún más alucinante que su arquitectura o su gestación y parto prematuro en 1960, es que pase tan desapercibida en los itineriarios turísticos o en el imaginario colectivo.

La idea de llevar la capital al interior del país rondaba la cabeza de los estadistas brasileños desde el siglo XVIII. La población y el desarrollo del país se concentraban en la costa mientras el
cerrado languidecía. Sólo unos chalados como
Juscelino Kubitschek y su panda de amigotes pudieron llevarlo a cabo en apenas 5 años, convirtiendo un terreno anodino de la savana brasileña ( y no del amazonas como yo pensaba) en el símbolo del Brasil moderno del siglo XX.

Y ahí sigue 50 años después, tan esplendorosa y lozana como el primer día, paraíso burocrático artificial de edificios imponentes y carreteras inmensas. Brasilia para dar y tomar. ¿Tendrá razón Goya en lo de que
El sueño de la razón produce monstruos? He aquí la cuidad monstruosamente monumental de los hombres.
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