
Tomar el autobús se convierte en una quimera, porque en ningún sitio encuentras los itinerarios, las frecuencias o las paradas. Sólo la buena voluntad de los brasilienses me ayudó a sobrevivir en la jungla del transporte público de la capital. Y lo de jungla deja de ser una metáfora cuando llegas a la estación central de transporte.

En esta ciudad de edificios impolutos y modernos, la estación intermodal es un batiburrillo de tiendas cutres, chiringuitos malolientes, barandillas oxidadas. El lugar donde el lumpen sin vehículo propio, como un servidor, se mueve como hormiguitas sudorosas. Y lo más curioso es que está justo en el centro de la cuidad donde el “Eje monumental” se cruza con el “Eje rodoviario”.
En fin esperemos que a Niemeyer le venga la inspiración un día de éstos y, como buen comunista que es, proporcione a la clase proletaria un espacio digno en el que moverse.
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