domingo, 10 de octubre de 2010

Efecto Guggenheim

Siempre es algo sorprendente ver el nombre de Bilbao en el  número 1 de maravillas de la arquitectura construídas desde 1980 en la revista Vanity Fair. Según ellos, han confeccionado la lista preguntando a 52 expertos y aunque la Vanity Fair sea más conocida por los cotilleos y las portadas sensuales de famosas, siempre es algo agradable ver que la ciudad se mantiene en auge allende los mares.

Es cierto que el Museo costó mucho esfuerzo y mucho dinero pero aparte de eso, para que llegues a ser el número uno tienes que tener suerte y estar en el momento justo en el sitio adecuado. Gastarte un montón de pasta y escoger un proyecto espectacular no te aseguran por sí mismos nada y sino, que se lo pregunten a los miles de municipios que inauguran edificios especiales todos los años, sin más lejos el Artium de Vitoria o el Kursaal de San Sebastián. Los bilbaínos tuvimos la suerte de que se juntaran muchas cosas únicas y se formara la tormenta perfecta: el interés de una fundación de renombre mundial como el Guggenheim por expandirse, los avances de la técnica que hacían un edificio así posible, una buena situación económica, un gobierno dispuesto a jugárselo todo a una carta, un arquitecto en estado de gracia al que acababan de echar abajo un proyecto muy similar por pasarse de presupuesto...
Con cualquiera de esas cosas que hubiera ido mal todo se hubiera ido al traste y ahora no apareceríamos ni el cuadernillo cutre del dominical de turno. Si a Gehry no le hubieran parado el auditorio Walt Disney cuando sólo llevaban el aparcamiento por incrementar exponencialmente los costos, el edificio histórico sería el de Los Ángeles y el de Bilbao quedaría como una mala copia.

La gente de aquí tiene la mala costumbre de pensar que esto ha sido fácil y merecido y olvidan que el éxito es algo que conlleva mucha suerte y que lo más difícil no es conseguirlo sino hacer que dure en el tiempo. Por eso me preocupo cuando leo artículos como éste en el New York Times, que nos sacan las vergüenzas, que describe una ciudad que pone poco interés en mostrar a los turistas algo más que el Museo Guggenheim y unos jóvenes que prefieren vivir fumando porros y bebiendo kalimoxtos que aprovechar el impulso cultural y vanguardista del manido efecto Guggenheim.

No hay comentarios: