lunes, 15 de agosto de 2011

Corazones helados

(Escrito por Mya)

El tema de hoy puede herir sensibilidades. Es de lo que se trata.

Existen personas a las que ciertas imágenes les alcanza sólo la retina sin que el cerebro llegue a procesarlas. Todos estamos entrenados en menor o mayor medida a este fenómeno, de ignorar aquello que nos queda un poco lejos.

Hace unos días alguien apareció con una foto recortada de una revista y con el comentario de "¿No es divino?". Visualizando la imagen me quedé petrificada. ¿Divino? No me podía creer lo que estaba oyendo, como viene siendo habitual en mí, empezó a hervirme la sangre.


Reconozco que a estas alturas de la vida ya he visto mil fotos plásticamente admirables de niños africanos que muestran las paupérrimas condiciones en las que viven. Imágenes que a simple vista encierran cierta belleza premeditada, no vamos a negarlo. Sólo hay un problema… y es que la realidad de ese niño va mucho más allá de esa palangana, que para rematar la faena está resquebrajada. Vamos, que ni para lavarse sirve.


Se trata de un niño somalí tratado de malnutrición en un campo de refugiados. El cuerno de África se muere de hambre. Huyen de Somalia para refugiarse en Kenia y Etiopía. De Guatemala a Guatepeor. La noticia la tenemos a diario en nuestros informativos. Pero es que, a estas alturas de la vida, eso suena a lo de siempre; niños negros de edad indefinible con ojos desorbitados y las costillas a la vista. Detrás hay otros tantos adultos que apenas sirven como reclamo a nuestra insensibilidad. Todos renegamos de lo mucho que se gasta en armamento y lo poco que se ayuda al tercer mundo. Porque nosotros, ciudadanos de a pié, no podemos hacer nada, y para colmo las ONG’s se quedan con la mitad del dinero; “mira lo que le ha pasado a la ONG de Madonna, yo prefiero ayudar a los de aquí” (¿seguro?).

Paparruchas. La mezquindad humana que demuestra quien mete la mano en ese cazo es la misma que ha llevado al tercer mundo a situaciones como estas. No podemos ampararnos en lo mal que lo hacen los demás para dejar de hacer lo que esté en nuestra mano.

Seguro que todos, por muy proletarios que nos creamos, tenemos gastos supérfluos, como un teléfono de última generación con tarifa plana de internet. Prescindir de él no le salvaría la vida a ese niño... o tal vez sí.